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Editorial/Podcast: El Arte Más Subversivo

(230727) Film director Agnes Varda. (Photo by Micheline PELLETIER/Gamma-Rapho via Getty Images)


El editorial responde a una participación en el “Memoria Local” celebrado el pasado 24 de abril en La Espiral 313 sobre arte revolucionario y también al podcast en homenaje a Agnes Varda (una maestra del cine e ícono revolucionario como persona y cineasta) por Primera Toma. 

por: Orlando Santos

“La revolución es historia, la historia es revolución”

El cine desde sus inicios ha tenido que batallar incluso en contra de quiénes fueron responsables de su creación. A finales del siglo diecinueve, Auguste y Louis Lumière patentaron el cinematógrafo en 1895, rodando ese mismo año su primera película “Salida de los obreros”.  Su presentación más famosa, y a la que le rodea la leyenda de los Lumière, fue “La llegada del tren”. En esta presentación comercial, los asistentes salían despavoridos cuando creían que el tren se le venía encima. “Hugo” dirigida por Martin Scorsese de 2011 hace un homenaje a este hecho.

A pesar de la invención del cinematógrafo y de proyecciones comerciales exitosas en diferentes partes del mundo, incluyendo la nuestra, en Puerto Plata, un 27 de agosto de 1900, los hermanos Lumière declaraban que “el cine era un negocio sin futuro”.

Avancemos brevemente unos centenares y tanto de años al inicio de este 2019. Los premios de la Academia, en su afán de mantener el programa relevante y hacerlo más corto, anunciaba que estaría entregando algunos galardones durante los cortes comerciales, entre ellos los de cinematografía y edición.

Mientras que los Lumière entendían que no había ningún futuro en el denominado séptimo arte, la supuesta academia que pretende cuidar el arte cinematográfico, ciento y pico de años después, menosprecia los dos rubros más importantes del arte cinematográfico. Dos rubros que de no existir fuese imposible el quehacer cinematográfico.

Retomemos “La llegada del tren” de los Lumière. Previo a poner a rodar el cinematógrafo, ambos cineastas, sabían donde querían que estuviese la cámara, donde iniciaría y terminaría el rodaje. La moviola, ni ninguna herramienta de edición existía, sin embargo existió una edición previa desde la mente de estos dos hermanos. Empero, el cine necesitó de otras figuras para levantarse de la opresión a la que fue sometida por sus “creadores”.

Entran Alice Guy Blaché y George Meliés.

La revolución narrativa inicia cuando Alice Guy y Meliés entienden que la posibilidad del cinematógrafo se extiende a la creación de sueños. La historia de Meliés está bien documentada, una de sus películas presenta una de las imágenes más icónicas del cine “una bala de cañón estrellada en el ojo derecho de la cara de la luna”.  Blaché y su primera película “La Fee aux Choux” coincide en año con los primeros trabajos de Meliés, 1896. Blaché y Meliés exploraron con la fantasía y los retratos sociales. Blache estableció lo básico del lenguaje cinematográfico mientras que otras directoras como Lois Weber and Dorothy Davenport, más adelante en los 1910´s, utilizaban el cine para tratar con profundidad temas pincelados anteriormente por Blaché como control de natalidad, el aborto y la prostitución.

De cine y revolución no se puede hablar sin mencionar a Agnés Varda. La directora nacida en Bélgica, y quien falleciera hace poco a su joven edad de 90 años, fue la precursora de uno de los movimientos más revolucionarios del cine: “la nueva ola francesa”.

Arte de Jorge Eduardo Pérez de “Moro Studio”.

 

El cine de Varda es uno que tiene bien claro la fuerza de que tienen las imágenes. Varda entendía que el cine, a mediados de los 1950´s, necesitaba encontrar otra forma de comunicarse de la misma forma que Joyce, Faulkner y Hemingway habían encontrado una forma nueva de escribir. “Luché por un cine más radical y continué luchando por ese cine toda mi vida” declaró en una entrevista.

Su primer filme “La pointe courte” de 1955, precedía por cinco años a “Los cuatrocientos golpes” de François Truffaut  y a “Breathless” de Jean Luc Godard. Varda, encontró esa nueva forma de narrar a través de la mezcla de los retratos sociales reales y la ficción dentro de los cuales pudiese reflejar sobre la vida, la sociedad, la mujer, las relaciones humanas, en fin, un cantera narrativa fílmica que no estaba siendo tratada en el ya más que conocido séptimo arte. El cine de Varda es un eterno revolucionario porque todas sus películas hoy en día parecen más contemporáneas, más actuales, más preocupadas socialmente que las realizadas en los últimos treinta años.

En tiempos más cercanos, “An inconvenient truth” de David Guggenheim con Al Gore hizo a un gran número de personas más conscientes con el medio ambiente. Previo a la elección del presidente estadounidense Barack Obama existieron cantidad de producciones cinematográficas y televisivas que retrataban a un presidente afroamericano. De hecho, la serie “24” con su personaje David Palmer, parece un paralelo del presidente Obama. Yo soy uno de los tantos que especula que existió un condicionamiento por parte del séptimo arte capaz de lograr que el estadounidense pudiese votar por un afroamericano para que fuese su presidente.

Y eso, de manera muy breve, ha sido el cine como acto revolucionario. Una expresión que no debió tener futuro; una expresión que no debería ser arte, un arte menospreciado por las instituciones que están llamadas, supuestamente, a defenderlas.

“Una maquinaria para crear empatía” decía el crítico Roger Ebert, y no sólo una revolución sino también algo que provoca empatía, que provoca un cambio, un movimiento, un nuevo número de preguntas, una nueva perspectiva, una necesidad por otro día.  El cine es una vasija para la revolución.

 

Claros ejemplos revolucionarios en el cine contemporáneo son las recientes “Us” de Jordan Peele y la trilogía del planeta de los simios: “Rise of the Planet of the Apes”, “Dawn of the Planet of the Apes” y “War for the Planet of the Apes” dirigidas por Rupert Wyatt [Rise] y Matt Reeves [Dawn y War].

 

La revolución en el cine dominicano

“La revolución es una memoria que se pierde de a poco”

El cine revolucionario, la narrativa revolucionaria y el retrato de la revolución no son las mismas cosas. Ahora, en un país como el nuestro donde se ha hecho una exitosa labor por destruir la memoria o generar un interés en sus ciudadanos por la memoria dominicana, crear memoria es un acto revolucionario. Por esto, y solo por esto, los documentales de René Fortunato continuarán siendo un ente importante de nuestra memoria y un acto revolucionario a través del cine.

La trilogía de “El poder del Jefe”, “Abril: la trinchera del honor”, “Balaguer: la herencia del tirano” y “Bosch: presidente en la frontera imperial” son los únicos trabajos documentales que retratan nuestra historia sociopolítica que han sido estrenados en salas de cine. Todas las películas continúan una misma línea narrativa, si se le podría decir así, que utiliza pietajes de audio, videos y fotográficos armados como una disertación escolar aburrida, importante pero aburrida.

La revolución, el acto revolucionario narrativo, del cine dominicano viene desde la crítica social que presentan sus historias. Desde las denuncias sociales en toda la cinematografía de Ángel Muñiz: Nueva Yol, Perico Ripiao, Ladrones a Domicilio y A dios que me perdone.

La revolución viene en el cine dominicano, al igual que en todo el arte criollo, de la expresión propia y no dependiente de los estándares y lineamientos marcados por las potencias.

La revolución también se encuentra en una realizadora rompiendo las expectativas de una audiencia, que busca siempre indignarse y llenarse de odio, cuando retrata el amor de las criadas como segundas madres en vez de malos hábitos o una especie de esclavitud moderna. El retrato tierno de ese amor y el retrato desgarrador de la soledad fue lo que le importó a Tatiana Fernández con “Nana”, un acto subversivo en sí cuando siempre se espera que la vida de las niñeras sea retratada desde una perspectiva negativa.

Para una industria tan joven, no deja de ser un acto irreverente narrar temas sociales frente a una audiencia que rara vez brinda su apoyo a estos tipos de filmes. ¿Pudiéramos decir que un tipo de revolución es provocar?. Esto hace el cine de Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, el de Johanné Gómez, el de Natalia Cabral y Oriol Estrada.

En un momento donde la guerra armada, en nuestro país, no es algo palpable y considerando que eso es lo que para muchos solamente significa, o puede llamarse revolución, no hay un acto más revolucionario que un filme, que un arte, vire el espejo hacia la ciudadanía y le muestre lo feo y lo lindo y la provoque y pretenda que se logre amanecer en un nuevo día.

Eso es una revolución, eso es una revolución artística actual en RD y eso, en términos de cine, justamente hoy, eso, es “Miriam Miente” de Natalia Cabral y Oriol Estrada.

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