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Clásicos: “Slacker” [dir. Richard Linklater, 1991]

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por: Diego Cepeda

“¿Qué es una historia de todos modos? excepto uno de esos dibujos para conectar los puntos que al final forman la imagen de algo. Eso es realmente todo lo que es… ” – Allie Parker. [Permanent Vacation, Jim Jarmusch, 1980]

Un director tiene un sinfín de posibilidades para abordar el estado o el pensamiento de una generación. Con Slacker, Linklater hace resonar aquellos versos de Rimbaud: La mano en la pluma equivale a la mano en el arado. -¡Qué siglo de manos!- Yo jamás tendré una mano.” De la misma forma nos recuerda al Nueva York fantasmagórico y todo el imaginario divagante de Permanent Vacation.

Las diferencias, sin embargo, nos darán las pistas para poder hilar el discurso de Linklater: No tenemos un protagonista fijo, estamos bien ubicados en Austin, Texas en la década de los noventa, los sucesos y las relaciones que se despliegan durante toda la película tendrán en común un personaje que igual si no es concreto, se materializará en un tipo de fuera de campo colectivo: El Slacker, no como persona, no como pensamiento, sino como la viva encarnación de la inacción.

Ya muchos recorrieron las calles vacías de metrópolis prometedoras, ya otros sufrieron de la nostalgia de tiempos mejores, de la melancolía de vidas y oportunidades perdidas, otros desnudaron el sueño americano, pero la Edad de Oro pasó hace mucho tiempo, ya no brilla: ¿a dónde se han ido los grandes creadores, pensadores y artistas?, ¿seguirán aún en Europa?. Linklater nos encadena a un presente inmovilista que no permite flashbacks ni incluye una idea de algún futuro estable. La inestabilidad, lo absurdo, lo discontinuo, lo anti-artístico, lo volátil, se volverán las herramientas compositivas para una imagen de puntos que el espectador tendrá que ir uniendo sin obtener al final una imagen cerrada, al contrario, lo que obtendrá será una imagen abierta y en expansión.

En términos de montaje, podríamos interpretar esa intención de la alusión a un falso plano secuencia, alusión a una transparencia, aquella que se romperá al llegar a la última secuencia de la película, como aquella que evidencia que se está tratando no un problema individual sino generacional: la cámara como aquella máquina narradora capaz de unificar las voces sin realizar ningún tipo de juicio sobre las mismas.

Considerando que aparte del control que Linklater posee sobre su discurso, un control que al principio de la película marca con su presencia como esa primera voz que no dejará de hablar hasta que la cámara, y consecuentemente la película, caiga por el precipicio, no deja de tener esa pequeña apertura por algo tan interesante como lo es el azar. Más bien, al “entregar” de lleno su película a sus propios personajes, es como encuentra ese “cierre” inestable, ya no con sus voces sino con su vitalidad, una vitalidad que se mantendrá trazando continuamente el retrato de su tiempo. 

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