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Clásicos del Cine: “Gone with the Wind” [dir. Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood]

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La película se estará presentando en la Cinemateca Dominicana este viernes 24 de abril como inicio del Pabellón de Cine de la Feria del Libro. El filme es una adaptación de la novela homónima de Margaret Mitchell. La reseña fue publicada por Roger Ebert en 1998 a partir de las más reciente remasterización del filme de 1939.

por: Roger Ebert
traducción libre: Orlando Santos 


“Gone with the wind” presenta una mirada sentimental de la Guerra Civil estadounidense, en el que “el viejo sur” toma el lugar de Camelot y la guerra fue librada no para derrotar a la Confederación y liberar a los esclavos como para dar su merecido a la señorita Scarlett O´Hara. Pero eso lo hemos sabido por años; la nostalgia manchada viene con el territorio. Sin embargo, como “Gone with the Wind” se acerca a su 60 aniversario, es todavía un hito increíble del cine, simplemente cuenta una buena historia y la cuenta de manera magnifica.

Para la historia que quería contar, era la película correcta en el momento correcto. Scarlett O´hara no es una criatura de los 1860 sino de los 1930: un espíritu libre, una caprichosa mujer moderna. El camino fue preparado para ella por los jóvenes de la era del Jazz de Fitzgerald, por las actrices audaces de la época, y por la realidad económica de la depresión, que por primera vez puso a muchas mujeres a trabajar fuera de sus casas.

La lujuria y la pasión terca de Scarlett tiene muy poco que ver con los mitos de las “delicadas flores sureñas”, y todo que ver con los símbolos sexuales de las películas que formaron a su creadora, Margaret Mitchell. Actrices como Clara Bow, Jean Harlow, Louise Brooks y Mae West. Ella era una mujer que quería el control de sus aventuras sexuales y esa era la el elemento principal de su atractivo. Ella también quería el control de su destino económico en los años en donde el sur colapso, primero plantando algodón y luego en el un negocio exitoso de madera. Ella era símbolo que la nación necesitaba mientras se dirigía a la Segunda Guerra Mundial; la hermana espiritual de Rosie the Riveter.

Por supuesto que a ella [Scarlett] no se le permitiría salirse con la suya: casarse tres veces, codiciar el marido de Melanie, disparar a un Yankee y exiliar a su tercer marido de la cama para proteger su pequeña cintura del embarazo. A la audiencia le fascinaba (todavía lo hace) verla a ella desafiar un mundo completamente machista, pero eventualmente su comportamiento debía ser castigado, y de eso es que se trata la frase “Frankly, my dear, I don´t give a damn”. Si “Gone with the Wind” hubiese terminado con un triunfo de Scarlett, puede ser que la película no obtuviera tanto éxito. Su audiencia original (mujeres más que hombres, sospecho) quería verla aplastada, aunque – por supuesto – el mañana sería otro día.

Rhett Butler era el hombre perfecto para hacerlo. Así como le dice a Scarlett en una escena inicial crucial, “You need kissing badly. That´s what´s wrong with you. You should be Kissed, and often, and by someone who knows hoy”. Sustituyan la palabra “Kissed” por la palabra que están pensando. Diálogos como este le llegan de manera profunda y fundamental a la mayoría de las personas; le remueve las fantasías de ser atraídos a placeres sexuales a pesar de sus personalidades. (“Know why women love the horse whisperer” I was asked by a woman friend not lonago. “The figure, if that´s what he can do with a horse, think what he could do to me”) la confusión de Scarlett está en su fijación sentimental por el “Caballero Sureño” (Ashley Wilkes) y  su lujuria por el hombre intrépido (Rhett Butler). El conflicto más interesante en “Gone with the Wind” no es entre el Norte y el Sur sino entre la lujuria y la vanidad de Scarlett.

Clark Gable y Vivian Leigh tienen una química perfecta en los dos roles más representativos de la era. Ambos fueron bien tratados por un sistema de estudios cinematográficos que sacaba perfiles y biografías idealizados, pero nosotros sabemos lo forajidos que eran: Gable, el playboy amante del trago que el estudio le cubría todos sus escándalos; Leigh, la neurótica, belleza drogadicta que era la desgracia de todo hombre que la amaba.

Ellos trajeron experiencia, gustos bien formados y egos fuertes a sus roles, y la cámara, que podía mentir y ocasionalmente mostraba más de lo que la historia contaba, atrapo una mirada fugaz y un lenguaje corporal que sugería un reto sexual. Consideren esa temprana escena donde se ven por primera vez en la barbacoa en Twelve Oaks. Rhett “intercambia una atractiva mirada con Scarlett” observa el crítico Tim Dirks. “He looks as if–as if he knows what I look like without my shimmy”.

 

 

Si el tema central de “Gone with the Wind” es el logro y la caída de una aventurera sexual, la contraparte es una mirada sesgada pero llena de pasión del “Viejo Sur” estadounidense. A diferencia de la mayoría de las epopeyas históricas, “Gone with the wind” tiene una redada genuina, un paso del tiempo convincente. El filme enseña el sur antes, durante y después de la guerra, todo visto a través de los ojos sureños de Scarlett. Sureña como Margaret Mitchell. La película enseña su valor en las narraciones escritas que abren el filme, en un lenguaje que parece sorprendente en sus insulsas e incuestionables suposiciones:

“There was a land of Cavaliers and Cotton Fields called the Old South. Here in this pretty world, Gallantry took its last bow. Here was the last ever to be seen of Knights and their Ladies Fair, of Master and of Slave. Look for it only in books, for it is no more than a dream remembered, a Civilization gone with the wind.”

Si, con las letras en mayúsculas y todo. Uno no debe preguntar si los esclavos lo vieron de la misma forma. El filme rodea el hecho de que la gentileza de la plantación fue comprada con el sudor de los esclavos (hay más simpatías por los callos en la mano de Scarlett que por los crímenes de la esclavitud). Pero se logra gran humanidad y complejidad con sus principales personajes afroamericanos. Hattie McDaniel, como Mammy, es la persona más sensible y perspicaz de toda la historia (ella ganó uno de los ocho Oscar de la película) y aunque Butterfly McQueen, como Prissy, siempre será asociada con la línea “I don´t know nothin´a bou birthin´ babies” el personaje engancha y es sutilmente subversivo.

Recuerden que cuando “Gone with the Wind” fue realizada, la segregación era todavía la ley en el Sur y la realidad del Norte. El Ku Klux Klan fue sacado de una parte del guión por miedo a ofender oficiales elegidos que pertenecían a esa organización. El filme viene de un mundo donde los valores y las suposiciones difieren del actual. Una “Gone with the Wind” políticamente correcta no valdría la pena hacerla y sería en su mayoría una gran mentira.

Como un ejemplo de excelencia en filmación, “Gone with the Wind” sigue siendo incréible. Diferentes directores trabajaron en la película; George Cukor no fue del agrado de Gable y fue sustituido por Victor Fleming, quién colapsó por un desgaste nervioso y fue relevado por Sam Wood y Cameron Menzies. El real autor fue el productor, David O. Selznick, el Steven Spielberg de esos días, quién entendió que la clave para atraer a las masas era la combinación de melodrama con grandes valores de producción. Algunas de las tomas individuales en “Gone with the Wind” todavía tienen el poder de dejarnos sin aliento, incluyendo le incendio de Atlanta, el vuelo a Tara y la toma de los hombres moribundos en donde Scarlett camina sin rumbo por las calles y la cámara se aleja hasta que toda la Confederación yace derrotada y sangrienta hasta donde los ojos puedan ver.

Existe una extravagancia alegre en el estilo visual que es encantadora inclusive en estos días en donde los directores se han entrenado en la técnica insulsa de la televisión. Consideren una toma temprana donde Scarlett y su padre miran toda la tierra y cámara se retira, ambas figuras y el árbol representados en una silueta negra con el paisaje detrás de ellos. O la forma en que las llamas de Atlanta están enmarcadas para ser el fondo del viaje de Scarlett en carruaje.

Yo he visto “Gone with the wind” en cuatro de sus mayores renacimientos teatrales – 1954, 1961, 1967 (el aborto que fue la edición “widescreen”) y 1989, y ahora en su restauración de 1998. El filme se mantendrá por muchísimos años más, un ejemplo magnífico del arte y la cápsula de tiempo hollywoodense que logró representar una civilización que se la llevó el viento. Se la llevó, pero nunca será olvidada.

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Gone with the Wind 
1939
Dir. Victor Fleming, George Cukor, Sam Wood
Protagonistas: Clark Gable, Vivien Leigh, Leslie Howard, Olivia de Havilland

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